Emma Carratalá Llorca
Eres un/a alumno/a de tu clase. Tienes que contar cómo fue el curso pasado con tu maestra/o ¿Cómo es?, ¿Qué recuerdas? ¿Qué tema te gustó más? ¿Cuáles fueron tus lecturas? ¿Cómo es tu autobiografía lectora?...

1. Realizamos la práctica en papel.
2. Texto corregido por una compañera.
Llega la vuelta al colegio, y
aunque tenía muchas ganas de ver a mis compañeros/as, también sentía curiosidad
por saber qué maestro/a íbamos a tener este nuevo curso; ojalá que fuera la
misma que el año pasado, Esther.
La profesora Esther entraba siempre
con una sonrisa en clase, y a diferencia de otros profesores que pedían abrir
el libro por una determinada página, ella lo primero que hacía era preguntarnos
como nos sentíamos, si estábamos con ganas de empezar la clase o, por lo
contrario, si ese día nos sentíamos más desmotivados. Ella no era como otros
profesores/as a los que solo les importaba que estuviéramos como meros
figurantes, sino que nos trataba como personas que sienten, que tienen días más
productivos y otros que no tanto. Es decir, mostraba interés por nosotros y por
nuestra predisposición a aprender.
Recuerdo que siempre traía
libros diferentes cada semana, libros que nos hacía llegar con emoción a través
de sus palabras. Nunca había sido amante de la lectura, pero el curso pasado
Esther supo crear en mí la necesidad de sumergirme en las palabras de aquellas
páginas, queriendo conocer cada vez más historias. Sin duda, recuerdo con
nostalgia aquel proyecto que realizamos sobre literatura universal. Lecturas
como La metamorfosis de Franz Kafka y
Don Quijote de la Mancha de Miguel de
Cervantes Saavedra, quedaron en mi grabadas, ya que no solo las leíamos,
también las comentábamos y las dramatizábamos sintiéndonos los propios
protagonistas de aquellas novelas.
A Esther no solo le interesaba
que aprendiéramos a ser lectores; sino que ella quería que fuéramos un público
crítico, que pudiéramos interpretar las obras desde diferentes perspectivas y
llevar a cabo un análisis de lo que estábamos leyendo. No eran simples
historias, el texto interactuaba con nosotros/as y nosotros/as con él.
También recuerdo aquellas clases
de tutoría que, aunque siempre o casi siempre habían sido una hora de relleno
en nuestro horario lectivo, sin embargo, Esther hacía que fuera el momento más
esperado de la semana, realizaba talleres cada sesión, donde trabajábamos
cooperativamente las matemáticas, el lenguaje, la literatura, el arte, etc.
Todo a través del juego. El juego que más me gustaba era el de ‘’Código
Secreto’’. Éste consistía en hacer grupos, proponiendo 25 palabras sobre la
mesa, el portavoz del grupo tenía que dar pistas para que los demás miembros
relacionen dos o más palabras, siendo el ganador quien acierte antes todas las
palabras.
Por todo esto, y mucho más, este
curso voy a echar de menos a Esther. Nunca había sentido tanta alegría por
volver a la rutina, y en parte, se lo debo a ella.
Lecturas de mí infancia